Le encantaban las golosinas, el algodón de azúcar, el chocolate, las cocas, los chupa-cups, las piruletas, los pasteles, la leche condensada, el flam con nata... y un largo etcétera que parece no tener final. Era caprichosa y despreocupada por su físico, no tenía ningún miramiento a la hora de escoger el bollo más calórico, o la guarrada más grande. Disfrutaba cuando llegaba a casa y encontraba las golosinas nuevas de la tienda de al lado, o cuando en el sitio de su mesa veía su chocolate favorito: chocolate con leche y caramelo de milka. Uno de sus momentos favoritos era el de después de comer, a la hora de mirar su serie con un trozo de chocolate en la mano. Nunca se lo comía rápido, sostenía que la gracia de comerse el chocolate estaba al final, cuando se derretía entre sus dedos.
Se ilusionaba muchísimo con cada detalle. Y por detalle, ella entendía cualquier cosa: una sonrisa, un abrazo, una nota, un "buenos días", un "ayer pensé en ti cuando...", un piropo, un regalo... cualquier cosa es cualquier cosa, lo incluye todo. Era feliz al pensar que alguien, durante unos segundos, pensó en ella sin estar a su lado.
Amaba todo lo que hacía, y se enorgullecía de ello. Podía equivocarse, avergonzarse, fastidiar algo... pero siempre intentaba hacer las cosas bien, cosa que mantenía su consciencia tranquila aunque los resultados no fueran los esperados. Aun y tener claro todo eso, aunque una de sus máximas fuera "a lo hecho pecho" y con la cara bien alta, solía sentirse mal cuando las cosas no salían bien. Que no se arrepintiera nunca de lo que hacía era solo una estrategia para no recrearse en sus errores. Sentir orgullo por sí misma era una táctica de seguridad para poder tomar decisiones, fueran acertadas o no. Pero cuando alguien salía perjudicado en alguna situación, su corazón no podía evitar encogerse un poquito. Su calma y su paz interior a pesar de que las cosas se torcieran tenían una fácil explicación: sus eternas buenas intenciones.
No solía pensar mal de la gente, todo lo contrario. Acostumbraban a tomarle el pelo por su infinita ingenuidad, por su tendencia a pensar que todo el mundo es bueno. Sus errores se repetían incesablemente, y aunque fuera advertida ("piensa mal y acertarás", le decían), ella nunca creyó en esas palabras, aunque los hechos le demostraran su autenticidad.
Adoraba a los niños y su inocencia. Siempre pensó que esa es una edad que hay que disfrutar, que es una pena darse cuenta tan tarde de ello, aunque sea ley de vida. Su bipolaridad le fascinaba, como podían ser tan felices por una piruleta y al minuto, llorar como desesperados porqué sus madres no les dejan quedar cinco minutos más en el parque. Y lo que más le fascinaba era que lo vivían con una intensidad brutal. Ella creía que cualquier problema que tenga una persona es el peor que se puede tener, porqué así es como lo vive cada uno. De ese modo, ella le daba la misma importancia que un niño pequeño a no poder quedarse al parque.
Ella era alegre y todo lo feliz que podía a cada minuto, y no dejaba escapar ni un solo segundo, ni un solo detalle, haciendo lo que le apetecía y enorgulleciéndose de ello a cada momento; con toda la benevolencia del mundo, con toda la ingenuidad, inocencia y buenas intenciones posibles.
Aquél día no comió chocolate, ni golosinas, ni bollos. Iba por la calle sin fijarse en nada, todos los detalles pasaban por alto en su mundo a toda prisa. Le dio igual coger el teléfono que no hacerlo, y no buscó su propia decisión, dejó el teléfono en manos de otro para que se equivocara o acertara. La sonrisa de un niño no le afectó, y ver a un vagabundo salir solo de la tienda le hizo pensar lo peor. Aquél día no era gris, ni negro, ni blanco, ni ningún color... era transparente; un día no-vivido.
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