Esa mano en la rodilla en señal de apollo. Los ruiditos de nuestras barrigas en los momentos más oportunos. El desequilibrio de cada beso. El placer de rascarme con su barba y quitarme todo lo que sobra en mí. Disfrutar petando los granitos que le salen al afeitarse y poder sanar el dolor con un beso. Tener su espalda para mi, recorrerle el cuerpo con la yema de los dedos y conseguir que todo él se estremezca. Todos los viajes del sofá a la cama y su manera de quitarme el pelo de la cara.
Las noches a su lado, su romanticismo y su encanto en sus momentos de "moñería". La manera que tiene de envolverme en sus brazos, en su cuerpo. Su mirada cuando sé que cualquier palabra queda pequeña por lo que quiere contarme y sus palabras que, aunque "solo sean eso", salen de lo más profundo de su corazón. Sus ganas de verme feliz. Su negatividad y agobio por todo, seguido de un abrazo agradeciendo que siga allí, percatándose de que no todo es tan malo.
Su corazón latiendo detrás de mi oído. Los abrazos entre sábanas. Los besos (a pesar del tiempo de antigüedad) en los semáforos en rojo, o en las escaleras mecánicas. La ausencia, algunas veces, de tiempo para seguir compartiendo los de las últimas filas. Los sueños de pisos imposibles con balcones inexistentes y almuerzos deseados. Las ambiciones de cada uno y su manera de contar conmigo. Nuestras discrepancias y los besos reconciliadores. El recuerdo de nuestro primer beso, de nuestra primera vez. Las mañanas por el barrio, las tardes en el mar y las noches de fuegos de artificio. Los partidos del uno y del otro, y nuestra pasión por un mismo deporte.
Él y todo lo vivido. Yo y todo lo que queda por vivir. Nosotros y nuestros planes. Mis ganas de seguir gracias a cada detalle; su valor por aguantarme y por querer (aun sabiendo como soy) mantenerse a mi lado para regalarme mucho más. Son los pequeños detalles, los buenos por buenos, y los malos por poder convertirlos en buenos, que hacen que le quiera cada día un poco más, si es que eso del querer puede mesurarse.
27 de setembre del 2011
19 de setembre del 2011
Antojos
Aquello era una de esas citas que no es una cita. Un viejo amigo, un viejo sueño y viejas sonrisas. Eso era un regalo de cumpleaños de viejos... "conocidos". Pero al final... eso se convirtió en nuevos amigos, nuevas sonrisas y nuevos ideales, sueños, objetivos a compartir.
Creo fervientemente en los reencuentros. Creo en ellos porqué se muestran vivos en mi cotidianidad. Me gusta pensar que dejo gente en el camino, llevarlos todos siempre encima es imposible, y conservarles en la medida que cada uno se merece... aún más. Es por eso que no me duele despedirme de mis amistades, pero jamás digo adiós, puede que algún día vuelvan.
Iba a su casa después de años (en realidad, nunca había estado en su casa), un masaje con piedras, aceites esenciales y una pizca de palabrería era su regalo. Lo aprecié porqué fue el primero, por el simple hecho de pensarlo, de acordarse, de existir... aunque al final no existió. El tiempo se nos fue de las manos o, aun mejor, el masaje fue lo de menos. Un té, su pasión, mi pasión y ganas de escucharnos y aprender. Sus ojos y su fascinación, su manera de pensar y mis ganas de activar su cerebro. Nuestras discrepancias, su locura y mis ganas de vivir. Todo junto en un salón a oscuras, con la luz de la puesta de sol tapada por algunas nubes y una leve luz azulenca que salía del altavoz. Sonaban canciones de Bob Marley que acabaron e hicieron el silencio.
Aquí, en este instante, después de ver las nubes, de mirar el reproductor una vez callado y acabar dirigiendo mi mirada hacia él... me vinieron unas ganas repentinas, inexplicables, irracionales pero casi incontrolables de abrazarle; abrazarle callar. Notar sus manos, y su corazón, su sonrisa detrás mío y el silencio más profundo. Me hubiera encantado susurrarle al oído que estaba muy a gusto e incluso (y aunque me duela "pronunciarlo"), besarle. Sí, eso era lo que en aquél momento, sin tener en cuenta nada que saliera de ese comedor se me antojaba.
Creo fervientemente en los reencuentros. Creo en ellos porqué se muestran vivos en mi cotidianidad. Me gusta pensar que dejo gente en el camino, llevarlos todos siempre encima es imposible, y conservarles en la medida que cada uno se merece... aún más. Es por eso que no me duele despedirme de mis amistades, pero jamás digo adiós, puede que algún día vuelvan.
Iba a su casa después de años (en realidad, nunca había estado en su casa), un masaje con piedras, aceites esenciales y una pizca de palabrería era su regalo. Lo aprecié porqué fue el primero, por el simple hecho de pensarlo, de acordarse, de existir... aunque al final no existió. El tiempo se nos fue de las manos o, aun mejor, el masaje fue lo de menos. Un té, su pasión, mi pasión y ganas de escucharnos y aprender. Sus ojos y su fascinación, su manera de pensar y mis ganas de activar su cerebro. Nuestras discrepancias, su locura y mis ganas de vivir. Todo junto en un salón a oscuras, con la luz de la puesta de sol tapada por algunas nubes y una leve luz azulenca que salía del altavoz. Sonaban canciones de Bob Marley que acabaron e hicieron el silencio.
Aquí, en este instante, después de ver las nubes, de mirar el reproductor una vez callado y acabar dirigiendo mi mirada hacia él... me vinieron unas ganas repentinas, inexplicables, irracionales pero casi incontrolables de abrazarle; abrazarle callar. Notar sus manos, y su corazón, su sonrisa detrás mío y el silencio más profundo. Me hubiera encantado susurrarle al oído que estaba muy a gusto e incluso (y aunque me duela "pronunciarlo"), besarle. Sí, eso era lo que en aquél momento, sin tener en cuenta nada que saliera de ese comedor se me antojaba.
7 de setembre del 2011
Ida y vuelta con sonrisa final
Tengo los ojos inundados de natura y aire fresco. La montaña purifica la vista, los pulmones y el alma. Los nervios y el estrés desaparecen, los horarios no tienen sitio en el diccionario y los percales son impensables. Mirando esta inmensidad me pierdo en mi mente...
Necesito tener ganas de aceptar unos cambios que vienen y no quiero, y fuerzas para afrontar todas las pedradas que me vengan aunque me pillen desprevenida. Imagino un sitio "dónde sonreír nunca pase de moda" y sueño una vida en él. Visualizo mi vida y busco lo mejor que pueda encontrar, no piso de pies al suelo y me agarro a mi falso futuro. Doy importancia a aquellas cosas que no la tienen pero sacan una pequeña sonrisa en días grises para no quedarme sin mi, para poder tener sangre que de fuerzas al corazón a cada latido, para no quedarme sin aire, para que no se me olvide esa sonrisa en mi cara.
Quiero firmeza, seguridad, un sitio en mi mente dónde apoyarme sin miedo a caer, una nube densa y blanca para conseguir estabilidad una vez llegue a lo más alto. Necesito columpiarme con fuerza y no tener miedo a que de la vuelta, tirarme por el tobogán y deslizarme hasta el suelo para saber a qué sabe el barro y que no me importe el dolor o ir hasta el culo de arena mojada. Espero que el día pase e intento sentir cada segundo en mi piel, el aroma de cada abrazo y lo espectacular de cada detalle.
Me encantaría conseguir siempre lo que me propongo, ser luchadora y no caer nunca. Sería más feliz si a los míos les tocara un poco más de ese polvito mágico que llaman suerte y pudiera gozar de su apoyo y alimentarme de su energía cada día. Me gustaría echar a gente de mi vida para siempre, y ligar a otros por tres eternidades. Me enorgullecería mucho más de mi misma si fuera capaz de ser siempre lo que quiero ser y no sufriera esos momentos de debilidad, de desmorone de mi alma.
Aún así, me miro, les miro, os miro, te miro, le miro... me quedo observando y sonrío. Al fin y al cabo, soy consciente de que soy capaz de eso y mucho más.
Vuelvo. Miro el paisaje y sonrío, mis conclusiones siempre son buenas. Estoy aquí, con ellos, y volveré.
Necesito tener ganas de aceptar unos cambios que vienen y no quiero, y fuerzas para afrontar todas las pedradas que me vengan aunque me pillen desprevenida. Imagino un sitio "dónde sonreír nunca pase de moda" y sueño una vida en él. Visualizo mi vida y busco lo mejor que pueda encontrar, no piso de pies al suelo y me agarro a mi falso futuro. Doy importancia a aquellas cosas que no la tienen pero sacan una pequeña sonrisa en días grises para no quedarme sin mi, para poder tener sangre que de fuerzas al corazón a cada latido, para no quedarme sin aire, para que no se me olvide esa sonrisa en mi cara.
Quiero firmeza, seguridad, un sitio en mi mente dónde apoyarme sin miedo a caer, una nube densa y blanca para conseguir estabilidad una vez llegue a lo más alto. Necesito columpiarme con fuerza y no tener miedo a que de la vuelta, tirarme por el tobogán y deslizarme hasta el suelo para saber a qué sabe el barro y que no me importe el dolor o ir hasta el culo de arena mojada. Espero que el día pase e intento sentir cada segundo en mi piel, el aroma de cada abrazo y lo espectacular de cada detalle.
Me encantaría conseguir siempre lo que me propongo, ser luchadora y no caer nunca. Sería más feliz si a los míos les tocara un poco más de ese polvito mágico que llaman suerte y pudiera gozar de su apoyo y alimentarme de su energía cada día. Me gustaría echar a gente de mi vida para siempre, y ligar a otros por tres eternidades. Me enorgullecería mucho más de mi misma si fuera capaz de ser siempre lo que quiero ser y no sufriera esos momentos de debilidad, de desmorone de mi alma.
Aún así, me miro, les miro, os miro, te miro, le miro... me quedo observando y sonrío. Al fin y al cabo, soy consciente de que soy capaz de eso y mucho más.
Vuelvo. Miro el paisaje y sonrío, mis conclusiones siempre son buenas. Estoy aquí, con ellos, y volveré.
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