19 de setembre del 2011

Antojos

Aquello era una de esas citas que no es una cita. Un viejo amigo, un viejo sueño y viejas sonrisas. Eso era un regalo de cumpleaños de viejos... "conocidos". Pero al final... eso se convirtió en nuevos amigos, nuevas sonrisas y nuevos ideales, sueños, objetivos a compartir.

Creo fervientemente en los reencuentros. Creo en ellos porqué se muestran vivos en mi cotidianidad. Me gusta pensar que dejo gente en el camino, llevarlos todos siempre encima es imposible, y conservarles en la medida que cada uno se merece... aún más. Es por eso que no me duele despedirme de mis amistades, pero jamás digo adiós, puede que algún día vuelvan.

Iba a su casa después de años (en realidad, nunca había estado en su casa), un masaje con piedras, aceites esenciales y una pizca de palabrería era su regalo. Lo aprecié porqué fue el primero, por el simple hecho de pensarlo, de acordarse, de existir... aunque al final no existió. El tiempo se nos fue de las manos o, aun mejor, el masaje fue lo de menos. Un té, su pasión, mi pasión y ganas de escucharnos y aprender. Sus ojos y su fascinación, su manera de pensar y mis ganas de activar su cerebro. Nuestras discrepancias, su locura y mis ganas de vivir. Todo junto en un salón a oscuras, con la luz de la puesta de sol tapada por algunas nubes y una leve luz azulenca que salía del altavoz. Sonaban canciones de Bob Marley que acabaron e hicieron el silencio.

Aquí, en este instante, después de ver las nubes, de mirar el reproductor una vez callado y acabar dirigiendo mi mirada hacia él... me vinieron unas ganas repentinas, inexplicables, irracionales pero casi incontrolables de abrazarle; abrazarle callar. Notar sus manos, y su corazón, su sonrisa detrás mío y el silencio más profundo. Me hubiera encantado susurrarle al oído que estaba muy a gusto e incluso (y aunque me duela "pronunciarlo"), besarle. Sí, eso era lo que en aquél momento, sin tener en cuenta nada que saliera de ese comedor se me antojaba.