Los sentimientos fluyen, las emociones chocan al estar concentradas dentro de un espacio tan diminuto como el corazón. El esfuerzo se vuelve agotador, cuesta mantener todo esto dentro mío sintiendo que en cada latido puede explotar. Es difícil mantener la irracionalidad al margen, no dejar que invada tu mente, igual que lo ha hecho con el corazón, y que todo tienda al caos.
Contrariedades, polos opuestos que, a la vez, forman parte del mismo bando.
Tengo ganas de querer, de demostrar. Quiero que aquellos que lo merecen, se sientan importantes y especiales, y pienso luchar por ello. Habitan en mi la ilusión, la energía… tanta como para no dormir en tres días, comprando regalos al amor, y dándoselos a los merecedores de éste. Se apoderan de mi la pasión, el deseo y la lujuria, y las ganas de vivir están presentes en cada segundo. Me siento al límite, estoy en éxtasi, el corazón me bombardea sangre a todo gas, mi estómago siente un cosquilleo que me pone los pelos de punta, y hace que mi cuerpo se estremezca. Estoy en el límite cuando, de repente, no puedo más. Exploto. Se desvanecen las emociones, los sentimientos, las ganas, el deseo… se difuminan el amor y la alegría. Me vuelvo apática, indiferente, ausente… Estoy en la exageración de la normalidad, de la neutralidad, de la nada. Ya no siento, ya no disfruto, ya no sufro… ya no vivo.
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