18 de juliol del 2010

Confiar

De innocente a boba hay un paso. Un paso tan diminuto que lo doy a menudo sin darme cuenta. Siempre digo que no confío en la gente, que elijo con lupa para escojer a la personas que van a tener ese privilegio; me engaño.

Confiar no sólo significa contar tus intimidades, explicar tus secretos, abrirte a alguien, confiándole así tu propia esencia. No... confiar abarca mucho más. Confiar en lo que te cuentan, confiar en los conductores, esperando que ningún coche se pase el semáforo en rojo, confiar en que el piloto del avión que hemos escojido no es un terrorista suicida. Confiamos en la gente sin darnos cuenta, e incluso lo hacemos con aquellos que no conocemos. Confiamos en el cartero, ya que creemos (sin más seguridad que la buena fe) que nos entregará todas las cartas que nos pertocan. Si me apuráis, puedo deciros que incluso confiamos en miles de personas: aquellos que fabrican cada parte de nuestros coches, aquellos que diseñan y construyen nuestras casas, aquellos que nos venden la comida... Confiamos en todos, depositamos en ellos la esperanza, la fe, la confianza.

En cambio, nos cuesta confiar en aquellos que nos rodean. Confiamos con miles de personas sin ni siquiera saber quiénes son, sin haberles oído ni visto nunca y, en cambio, aquellos con los que hablamos, con quién nos reímos, con quién compartimos miles de cosas... a éstos les damos nuestra confianza en cuentagotas.

Lo lógico sería que yo ahora os dijiera que esto es ilógico, que deberíamos confiar en todo el mundo, pues es el camino que esta cojiendo mi relato. Ahora es el momento del giro, dónde deshago todo lo hecho y parece que me esté contradiciendo. Este es el punto dónde os digo que hacemos bién, y que hay un motivo por ello. Los que nos rodean son quiénes más daño pueden hacernos. Los más queridos son los que pueden utilizar nuestra confianza en nuestra contra; y cuanto más les demos, más dolor. Debemos escojer bien a quién le damos ése poder, debemos mirar con lupa y asegurarnos que no convertirán la esperanza, la ilusión, el apoyo y la fe, en un puñal.

"Laia, jo si tu em dius que et quedes, et crec"
En ése momento me pregunté: ¿Si ella me cree, porqué no debería hacerlo yo? ¿Porqué no debería CONFIAR en ella? La respuesta es sencilla: yo sé que cumplo con mi palabra, confío en mí; pero no puedo estar segura de que ella vaya a hacerlo. Y la esperanza se transforma en desilusión, el apoyo en decepción, y la fe en un puñal que, obviamente, no ha clavado por delante.